jueves, 3 de enero de 2008

Todos se desvanecieron


La forma natural del conejo cuando se remoja en aceite y cree que saltando se despega de su sino. No hay albur; destino; ventura. La suerte del animal provocada por la cosa esquiva.
Antes hablaba de ardillas; ahora me entrevero con los conejos. En La Plata los conejos viven en las ollas, hervidos a la misma temperatura que la cera depilatoria. Sus dientes no se derriten.
Ahora dejá en paz ese atrapasueño. De lo que queda adherido en sus redes, poca cosa podés hacer con ello. El resto son hilachas de baba de un baobab de sueño, cuyo imán separó la pata del conejo y la removió en aceite.
Existen hábitos detrás de cada mutilación, pero el peor de todos es el de querer unir a como fuese las piezas sueltas. Para eso está el otro margen de la parodia; se catequiza en nombre del arte minusválido de la peripecia.
Desde un templo llamado La Hermandad del Princesa dos fósforos pierden la cabeza ante la racha venida como un jumbo por diagonal 74. El conejo es un chasco de Robespierre, si intenta pasarse la vida con su noción de bufonada y ultraja a la papa ya dinamizada de nuestra república.

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