martes, 2 de septiembre de 2008

El libro del año

1. Sin duda. Arnaldo Calveyra y su reunión de poemas en la fabulosa edición de Adriana Hidalgo, es la alegría del 2008, o mejor: una alegría calveyriana. Gracias a AH y a la edición y compilación de Gianera y el Samoilo, los lectores dispersos del hombre de Mansilla ahora pueden entreverarse con la lectura de esos poemas versiculares, poemas-fragmentos de diario, poemas de una genética insondable, un adn ilógico, como sólo en este país se puede dar tamaña mixtura. Poesía reunida consigue contestar los efectos disolventes de otra gran obra de Calveyra, Si la Argentina fuera una novela, porque en esas preguntas sobre la construcción psíquica y lingüística de nuestro país estos poemas rearman los mismos interrogantes pero desplazándolo de centro. Ahora bien, cuál es el centro.
El centro es la precipitación de las respuestas, que se ofrecen como inclusión sonora de la naturaleza, algo que delata El hombre del Luxemburgo y su paciente trabajo radial sobre un chorro de luz, que puede ser el agua misma de la fuente de Médicis. Esa mirada en microscopio que no incluye el detalle, porque la suya es una poesía que describe pero concentra al mismo tiempo, queda corroborado en un fragmento de un poema sin nombre, de un texto inédito de Calveyra, Estaciones en el día 25 de junio de 1966:
(...)
un árbol, otro árbol, casi nunca
árboles. (pg 475)
Calveyra suscribe esa secuencia que es la historia de su poesía reconcentrada, y nos dice que la unidad mínima de contemplación es la premisa de totalizar cualquier detalle. Por eso, la mirada no puede volverse general, los árboles se invalidan como comunidad de paisaje y por eso la creencia en una sola multitud es la cantidad misma.
2. Como en Jabès, nos enfrentamos ante una poética del desierto (aunque la fórmula de nuestro poeta se sitúe entre la terminal de los esteros entrerrianos y la terminal platense de trenes), donde se profundiza el recurso de desertar de los géneros, mientras vamos situándonos, como lectores, en un lugar panorámico. Y justamente la lengua de Calveyra es una lengua panorámica, porque en ella no existe el borramiento de las diferencias.
3. Hablaba Jacques Derrida, haciendo referencia a la estructura de los poemas de Paul Celan, que cualquier gesto de apropiación es un "desafío político", aunque se trate más bien de un gesto ingenuo, y a eso se refiere el franco-argelino cuando aborda el nacionalismo lingüístico del poeta rumano-alemán. En verdad, habría que decir que todo gesto de apropiación es una maniobra ingenua. Y en eso, sin más, volvemos a Calveyra, porque, paradójicamente, lo más idiomático -es decir lo más propio en su lengua- es aquello que nunca se deja apropiar.
4. ¿Y qué es lo propio? Tal vez algún movimiento, en el sentido de arquitectura compositiva, y no a simple vista, una peculiar oferta narrativa, igual siempre lírica. Existe un dislocamiento, un desajuste que se retira antes de evocar. Pero a pesar de ese retiro el roce con los pensamientos hace deslizar la poesía de Calveyra hacia flashes de un pasado que aparece en pequeñas manchas, como si el ojo del creador y el ojo del lector fueran repentinamente aturdidos por un flash (otra vez) fotográfico, y por ende, la mirada se encuentra lesionada por aquello que no es más que un fogonazo en infrarrojo. Así puede describirse la totalidad de este portento de Adriana Hidalgo: un libro infrarrojo. El infrarrojo es un tipo de luz que no podemos ver con nuestros ojos. La luz infrarroja nos muestra cuánto calor tiene alguna cosa. Bien, ese calor es interno en Calveyra y lo que leemos es la circulación de esa temperatura por una lengua que decide ser contada.
5. En definitiva, los textos de Calveyra parecen provenir de una ley que los precede, y o mejor dicho, una lengua que se hereda, y que estaba "allí y acá" antes que nosotros. Entre las joyitas de este libro, un poema dedicado (y titulado) a Atilio Gamerro, quien fuera profesor de griego en la facultad de Humanidades, y de literatura en el Colegio Nacional de La Plata, hombre muy conocido en nuestra ciudad; y también poner atención en reediciones como Maizal del gregoriano (tal vez uno de libros de poemas más extraordinarios de los útimos 10 años en Argentina) y Diario de Eleusis. En esos dos libros-gemelos el funcionamiento de la escritura, que pareciera trabarse hasta recuperar la prosodia en Iguana Iguana, ahora muestra su verdadero acontecimiento lingüistico, que incluye al estilo como fórmula descentrada de la oralidad, hasta lograr que la lengua se desactive, y que por momentos se vuelva extranjero un sonido familiar.

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